El conflicto por los cuidacoches del MTE derivó en una pelea frontal con la gestión camporista de Quilmes. Con insultos, desbordes y una estrategia de choque permanente, Juan Grabois tensó al límite su vínculo con La Cámpora y quedó cada vez más solo dentro del armado peronista.
El episodio de los “trapitos” en Quilmes no fue un hecho aislado ni un simple reclamo social. Por el contrario, se convirtió en el detonante de una interna política que expuso, una vez más, el perfil disruptivo y autodestructivo de Juan Grabois, quien eligió la confrontación abierta incluso con quienes fueron y siguen siendo su principal sostén político dentro del peronismo.
Para sorpresa de muchos, y con el aval directo de Cristina Fernández de Kirchner, Grabois había sido ungido en agosto del año pasado como tercer candidato a diputado nacional de Fuerza Patria. Aquella decisión buscó preservar la unidad electoral y contener a un dirigente siempre al borde de la ruptura. Sin embargo, lejos de capitalizar ese respaldo, el líder de Patria Grande volvió a dinamitar puentes con su estilo volcánico, deslenguado y cada vez más aislado.
La Cámpora y especialmente Cristina funcionó durante años como el andamiaje que permitió a Grabois ganar visibilidad y espacio en un peronismo que nunca terminó de confiar en él. Aun así, el dirigente volvió a asumir el rol de “oveja negra”, desafiando a la propia estructura que lo sostuvo, esta vez a partir del conflicto en Quilmes.
Allí, la protesta de los cuidacoches vinculados al MTE contra la ordenanza municipal que implementa el estacionamiento medido privado derivó en una represión policial solicitada por la gestión camporista local. A partir de ese episodio, Grabois escaló el conflicto hasta un punto de no retorno, enfrentando de manera directa y personal a la intendenta en uso de licencia Mayra Mendoza.
Lejos de aportar una salida política, Grabois optó por el agravio explícito. “Me la paso por las bolas”, lanzó, antes de acusar a Mendoza y a su sucesora Eva Mieri de cruzar una “línea roja” por “pegarle a los laburantes dos días antes de Navidad”.
El mensaje, más cercano al exabrupto que a la crítica constructiva, dejó en evidencia una estrategia de choque que parece pensada más para las redes sociales que para la resolución de conflictos reales.
La respuesta camporista no tardó en llegar. Mayra Mendoza rechazó de plano la embestida y acusó a Grabois de practicar una “psicopateada” política. “Tus formas, tu modo, tu estrategia para querer volver locos al resto, conmigo no va”, retrucó, reivindicando su legitimidad electoral y su rol de conducción en el municipio.
No se trató de una dirigente menor. Mendoza es una de las figuras centrales de La Cámpora, cercana a Máximo Kirchner y parte del núcleo duro que disputa poder dentro del peronismo bonaerense. En ese sentido, Grabois sabe o debería saber que atacar a Mayra Mendoza equivale a enfrentarse con Máximo y, por extensión, con Cristina Kirchner.
La reacción del camporismo fue inmediata. Facundo Tignanelli, jefe del bloque de diputados bonaerenses de Unión por la Patria, salió en defensa de la gestión municipal y cuestionó duramente a Grabois. “Poner en duda la empatía de Mayra Mendoza y Eva Mieri con quienes más lo necesitan es lo más lejano a la realidad”, afirmó, marcando un límite político claro.
Desde el MTE y Patria Grande redoblaron la apuesta, acusando a La Cámpora de no tolerar críticas y de “jugar con el laburo de la gente”. Sin embargo, esa escalada verbal parece haber profundizado el aislamiento de Grabois, que hoy corre el riesgo concreto de perder su principal respaldo político sin haber construido una alternativa sólida.
En la persistente interna entre el Movimiento Derecho al Futuro de Axel Kicillof y el kirchnerismo duro, Grabois siempre intentó mostrarse prescindente. No obstante, su vínculo personal y político con Cristina lo ubicaba naturalmente en ese polo. El episodio “navideño” de Quilmes amenaza con romper ese equilibrio y dejarlo a la intemperie.
Algunos especulan con un eventual acercamiento al gobernador bonaerense, con quien mantiene una relación correcta. Pero, por ahora, desde Patria Grande insisten en relativizar el conflicto y aseguran que no harán “un tango político” de la disputa. “Intentaremos reparar la relación”, dicen, aunque los hechos parecen ir en sentido contrario.
Mientras tanto, el trasfondo del conflicto sigue sin resolverse. Patria Grande había pedido una alternativa con inclusión social para los cuidacoches, similar a una experiencia aplicada en Luján. Sin embargo, la gestión quilmeña avanzó con la concesión privada. A eso se sumaron episodios de tensión en otros distritos camporistas, como Lanús, aunque desde el MTE aclararon no haber participado.
En definitiva, más allá del reclamo puntual, el caso Quilmes vuelve a mostrar a un Grabois atrapado en su propia lógica de confrontación permanente: incendiando alianzas, sobreactuando diferencias y quedando, una vez más, al borde de la marginalidad política dentro del peronismo que dice querer transformar.
Algo en Común El diario de Rosario