Bienaventurados los giles

Así se llama el artículo de Mario Wainfeld publicado en la fantástica revista-libro “Unidos” en su número de octubre de 1986, para mí el mejor salido de esa revista, el Nº 11/12 de tapa verde titulada “La revolución bajo sospecha”.

La “revista” Unidos fue una excelente publicación de discusión política que salió desde 1983 a 1991. (Revista entre comillas pues su formato era en realidad de libro, el número a que hago alusión consta de 384 páginas…) La integraban notables intelectuales como Carlos “Chacho” Álvarez (su primer director; posteriormente –cuando Chacho pasara a la política activa como diputado- lo sería Wainfeld), Horacio González –más tarde, director de la Biblioteca Nacional-, Darío Alessandro (padre e hijo), Arturo Armada, Hugo Chumbita, Norberto Ivancich, Ernesto López, Roberto Marafioti, Vicente Palermo, Víctor Pesce, Felipe Solá y otros. Su tendencia era peronista, pero ponía bajo discusión justamente al peronismo.

La revista se editaba en Buenos Aires, y el contacto para distribuirla en Rosario lo hizo mi antiguo amigo Sergio Rossi. Desde entonces, habrá sido por 1985, varios militantes la vendíamos en la calle y a los contactos que cada uno de los que lo hacíamos teníamos. Mientras tanto, la leíamos con fruición.

Mario Wainfeld tuve el gusto de conocerlo personalmente recién en 2010. El 19 de julio de ese año se hizo una actividad en la sede de gobierno de la Universidad Nacional de Rosario de Maipú al 900. De ella participaban los políticos Agustín Rossi y Pablo Javkin. Y como orador principal el intelectual y periodista Mario Wainfeld. No recuerdo ahora cuál era el tema del encuentro (pero por la fecha, si se recurre a mi escrito también de 2010 “19 de Julio. Ayer nomás”, bien podría ser, por ejemplo –entre otros- el triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua en 1979; o un homenaje a mi compañero y amigo Envar “Cacho” El Kadri, fallecido el 19 de julio de 1998…)

Pues bien, yo me encontraba sin trabajo y dedicado a mi actividad alternativa preferida en dicho caso: vender libros en la calle. Armé la valija de libros políticos y me dirigí a la sede de la UNR. Allí tomé varias mesitas de otra sala –la actividad ya había comenzado en la principal- sobre las que expuse, en el hall, los libros (esa “biblioteca” era conocida por algunos buenos militantes como “La Cacho El Kadri”).

Terminó la actividad y salieron los concurrentes. Vendí nada, es difícil –lamentablemente- encontrar interesados en política que sean generosos, que sean como dicen ser. Pasó por mi mesa, entre otros, el político Juanjo Giani, quien me preguntó cuánto costaba el libro “Perspectivas de una economía nacional”, de John William Cooke (edición de 1973 de La Docta Ediciones, de Córdoba). Le dije que no lo vendía, que era inhallable, que le sacaba fotocopias para el interesado y después, cuando se las entregaba, le cobraba las mismas. Me preguntó cuánto salían, le dije que le cargaba un 25 % a las fotocopias más baratas que había conseguido en una facultad, la de Ingeniería, y me dijo está bien, chau. También pasó, pero sin ver la mesa y a mí, mi antiguo amigo Sergio Rossi. Le dije de lejos Hola Sergio, entonces me vio, me saludó y me dijo “Disculpame, ando a los rajes, me quiero volver a Buenos Aires con Agustín”. Le dije andá nomás y nos despedimos.

Finalmente, uno de los últimos en salir, fue Mario Wainfeld. Vio mi mesa de libros y se acercó, me saludó presentándose, hurgueteó en la mesa y me dijo “Qué buenas cosas, te felicito”. Me preguntó también por el libro de Cooke, me dijo que él lo había tenido que eliminar en 1976, y que era inhallable. Cuando le dije de las fotocopias me dijo, “Sacame la cuenta y sumale un envío a Buenos Aires, te doy la plata ahora”, Saqué la cuenta, le pregunté a él cuánto costaría el envío y me respondió “Tampoco sé, pero te dejo esto, si hay diferencia te pido disculpas y después te lo mando”. (Me dio una cantidad que luego superó ampliamente el costo de las fotocopias –más el 25 % para mí- y el envío. Con lo que me dio pude comer bien luego esa noche y me sobró para las copias y el remito.)

Le conté que al libro de Cooke se lo había prestado a un estudiante de Ciencia Política, Sebastián Artola –que él me dijo conocer-, y que Sebastián lo había fotocopiado para dejarlo en la copistería de esa facultad como bibliografía para los estudiantes. Que desde entonces, en Ciencia Política, se estudiaba Cooke con las fotocopias de mi libro que incluían mis subrayados y acotaciones en lápiz de cuando lo leí. Me dijo “Qué maravilloso”.

También Mario me agradeció las revistas Unidos que había puesto en la mesa, que lo emocionaban me dijo. Le dije “Firmame esta Mario, el número que amo, La revolución bajo sospecha”. Me dijo por supuesto, que era un honor, y me puso “Con afecto y memoria”, y su firma. Luego nos despedimos, me dijo que lo disculpara, que tenía el colectivo de vuelta a las 11 de la noche a Buenos Aires, y ya eran casi 10 y media, que le parecía que no iba a llegar en taxi a la Terminal, pero en tal caso ¿cuál era el problema? –me subrayó-, que habría tenido el gusto de hablar conmigo y que se tomaría el próximo ómnibus.

Cuando Mario murió, hace dos días, el 21 de septiembre de 2023, a sus 74 años, de un ataque al corazón, me dio por releer –luego de 37 años- su artículo Bienaventurados los giles, de la Unidos “La revolución bajo sospecha”.

Es absolutamente actual, habla de los fines y los medios en la política, del sentido profundo de la política cuando es tomada seriamente por alguien, por alguien que decidió mejorarse a sí mismo antes de plantearse mejorar a los demás, al mundo.

Me tomé el placer estético de transcribirla y se las dejo aquí. No es apta para el amante de los 140 caracteres de Twitter o alguna de esas otras mediocridades actuales, me llevó 13 páginas A4 en Word. Pero sé que si la política en serio -esa para transformar el mundo convirtiéndote antes vos en alguien un poco mejor a vos mismo- te interesa, lo leerás.

Aquí va:

Bienaventurados los giles

CAFÉ de por medio en “La Paz” o el “Ramos”. El cuadro cuarentón, hoy sociólogo, periodista o escritor, desgrana sus verdades. “Han muerto las ideologías. Los grandes paradigmas perdieron vigencia. El marxismo sobrevive en la Sorbona apenas como materia de arqueología. La clase obrera desparece. El tercer mundo naufragó en la tercera ola. El posmodernismo deriva a búsquedas menores: el feminismo, los gay. La novela es más interesante que la epopeya. No me hables de revolución, es disruptivo. El cambio es imposible”.

Café de por medio en “El Molino” o “Quorum”. El cuadro cuarentón hoy diputado, asesor u operador desgrana sus verdades. “Han muerto las ideologías. La conciencia se degradó. El nuestro es un tiempo de moderación. Mencionar el socialismo es como quemar ataúdes. Mirá el PI… habla de revolución y no crece. A la militancia la mataron Videla y la TV color. Te cambio cinco minutos con Bernardo por cien mil manifestantes… El cambio es imposible”.

El intelectual y el político, ayer apenas militantes ambos, acuerdan: olvidemos. Olvidemos la revolución, es pesadilla del pasado. También el cambio que desestabiliza. Cada uno a lo suyo; los sociólogos a investigar, los novelistas a narrar, los políticos al Congreso. A la calle nadie, por Dios, es patrimonio de “la sociedad”.

Los saberes expertos reverencian los caprichos de “la sociedad” que no cambiarán. A cambio, la veleidosa dama les dispensa cierto prestigio, una vaga autonomía, curros módicos. Los saberes generan especialistas, sectas, “Ámbitos”, lenguajes propios, esoterismos. Sólo los sociólogos pueden pensar la sociedad; sólo los políticos la política. Esa lógica invalida a viejos héoreos de variados imaginarios: el Sarmiento de “la espada, la pluma y la palabra”; Rodolfo Walsh periodista, historiador y militante.

La gran prensa refleja y potencia la fragmentación del saber: todo diario o revista que se precie tiene economistas y sociólogos que desempeñan su metier. También peronistas que discurren sobre peronismo (o sobre sindicatos); cristianos que hablan de la Iglesia; radicales que recorren los laberintos de la Cordi. La interna del PI o del PC no tiene rating; a los zurdos contrariados les queda denunciar laboratorios, recorrer calles violentas o develar los movimientos sociales.

Los grandes columnistas descreen de la historia. Relatan “la semana”: la realidad nace a las cero del lunes y fenece a la medianoche del sábado. No hay historias personales, tradiciones, raíces ni conflictos que autoricen a violentar el estrecho margen de la semana.

Todos los saberes consagrados confluyen para realizar una verdad; han muerto las utopías, los sueños revolucionarios, el cambio mismo. La política es el reino de lo previsible; una aventura pasteurizada que sólo emociona a los no iniciados (algo así como el tren fantasma).

Tanta ciencia junta… deja resquicios para la dudad. Los expertos dicen lo que les conviene. El fin de las utopías los sorprende cómodamente instalados, lo que despierta la suspicacia del profano ¿están diciendo una verdad revelada o defendiendo sus campitos? Ni a los políticos realistas ni a los intelectuales posmodernos ni a los periodistas ahistóricos parece atormentarlos la muerte de la revolución. La verdad tranquiliza sus conciencias y les permite consagrarse a sus oficios terrestres. El “fin de las utopías” coincide con intereses corporativos: el de los científicos sociales, el de los intelectuales, el de los periodistas. No es azaroso que casi todos ellos sean alfonsinistas. Conciencia de casta, que le dicen (las clases, ya se sabe, no existen más).

Cooke en la clínica Cormillot

En la antigua Grecia fue la filosofía, en la actual Argentina la sociología electoral es la madre de las ciencias. La política es el arte de conseguir votos; no tiene “para qués”. No importan los contenidos ni los fines. La sociedad (expresión que en la práctica se utiliza para hablar de los sectores medios) impone sus gustos que copia de “GENTE” o de “DINASTÍA”. Los políticos no cuestionan el letargo cultural argentino. Están muy atareados eligiendo el color de sus corbatas, maquillándose o ensayando cómo hablar sin decir nada. Acatan una estética idiota que hubiera defenestrado a John William Cooke o lo hubiera obligado, en sincero esfuerzo militante, a bajar veinte kilos. [1] Evita sería impresentable ¿la imaginan desayunando con Mónica Cahen D´Anvers? La política-espectáculo avanza: los “medios” imponen los criterios; tal vez mañana los candidatos (Magdalena, Sabato). Con suerte algún día tendremos un Reagan propio. Preparate, Brandoni.

Lo política, concebida como astucia de junta-votos, es el reino de la táctica. Para muchos dirigentes peronistas no es novedad “ser pura táctica”. La conducción de Perón (centralizadora de todos los fines y estrategias) generó una corte de prácticos desentendidos de todo problema finalista. No asombra que dirigentes fogueados en el maquiavelismo sepan adecuarse a una cultura que les reserva un rol tan gallináceo como la anterior. (Nota del Transcriptor, NT: Los subrayados, de ahora en más, son del mismo, del transcriptor. De cuando leyó el artículo en 1986, a sus 26 años. Los subrayados de cosas que se releen décadas después, me sirven para ver si sigo siendo “el mismo”; en general lo sigo siendo. Las cursivas del texto son de Wainfeld.)

Esa dirigencia parió en 1983 a un candidato emblemático cuya habilidad consistía en negar los conflictos y en no definirse. Sus dotes de estadista eran la ambigüedad y la aptitud para proclamar que nada era posible.Qué vivo este hombre: no definió objetivos, no vertebró una línea interna, no enfrentó a los poderes reales; se hizo el distraído con Isabel y Herminio; silbó bajito cuando mencionaron el pacto militar-sindical y hasta le hizo un guiño a la amnistía. Eso es ser político.

Claro, Luder perdió… pero su triste ejemplo ilumina el camino de muchos dirigentes. El error –piensan- no radica en Luder sino en Herminio y Lorenzo. Si los hubiera escondido tan bien como se escondió él…

Los hombres prácticos que ayer entronizaron a Herminio como imposición de “la realidad” hoy lo exorcizan. La crítica no es ideológica ni mucho menos moral; apenas estética: Herminio es impresentable. La patota y la cachiporra ahuyentan votos: prescindamos de ellas. La chequera los consigue; también la vaguedad bien vestida. Nada mejor, entonces, que un ambiguo con chequera. Lo que nos trae de la mano (¡por fin!) a uno de los ejes de este opúsculo, el viejo tema de los fines y los medios…

El viejo tópico

… que existió siempre en la política y adquirió status científico cuando Maquiavelo sistematizó lo que Medicis y Borgias hacían de pálpito. La relación (no hace falta ser hegeliano para advertirlo) es dialéctica. Los medios condicionan el futuro; pueden obstaculizar o impedir la consecución de los fines.[2]

Pensemos en nuestros últimos treinta años (NT: desde 1955 a 1986). Los gobiernos elegidos merced a la proscripción del peronismo pagaron tributo a su ilegitimad. El peronismo de 1973 debió soportar todos los demonios que había desatado para reconquistar el gobierno.

La rosca, el manejo empresarial, la plata no son medios neutros. Pervierte, corrompen; engendran asociaciones viles (mafias sin la ética de la mafia) y no lealtades políticas.

La tarea de asaltar el Palacio de Invierno incluye necesariamente la discusión de cómo hacerlo. Si entramos de la mano de asesinos o ladrones no nos extrañe si matan a los siervos o se roban los cortinados. Si entramos con mercaderes no nos sorprendamos si lo alquilan como salón de baile. No es lúcido llevar violentos donde se concentra la fuerza; vanidosos donde está el prestigio y comerciantes donde están las riquezas…

Descreo del metamensaje de algunos dirigentes peronistas (que es también el de algunos integrantes de la Coordinadora) “ya van a ver cuando lleguemos”, “deschavar el juego es perder votos”. ¿Robespierre se disfrazó de Ted Kennedy? Inverosímil: el poder no es ocupación de espacios sino relación entre hombres.[3] Es importante saber cómo es quien manda y por qué reclama obediencia.

La política vacía de contenido prefigura gobernantes huecos. El manejo de la chequera corrompe y genera entornos de ambiciosos. Un dirigente habituado a tratar sólo con empleados perderá los hábitos de la discusión y la crítica.

Las palabras son también hechos. El político es lo que va diciendo. El discurso condiciona al orador y constituye parte de su ser. No es una herramienta ajena al personaje de la que puede desprenderse un buen día.

Los expertos se equivocan; incurren en un error propio de hombres sin horizontes o de practicones de poco vuelo. No hay tal: lo real es siempre posible pero no ciega otras alternativas.

Los expertos minimizan los sueños del 70: los reducen a un fenómeno de época o a una moda. El sabio escepticismo tiene su contraargumento trivial; el desencanto, la real politik parlamentaria y la posmodernidad pueden a su vez ser un fenómeno de época o una moda. Acaso la coartada de quienes no quieren arriesgar de nuevo y necesitan algo que oponer a un pasado que les exige rendición de cuentas.

“La revolución ha muerto. Viva el hombre nuevo.”

Nadie olvida los cambios proponiendo  -hoy y aquí- una revolución “a la 73”, o la patria socialista. No hay fermento social que las sustente; la conciencia y el sentido común mayoritarios rechazan tremendismos pasados. Ni siquiera los militantes las creen factibles; posiblemente ni las desean. Vale, Pero el sentido común no debe pervertirse en negación de la sustantividad de la política.

Las propuestas del 70  están caducas; no debe ocurrir igual con el espíritu que las animó. La política se define por sus finalidades; reducirla a lo instrumental es bastardearla. La política argentina no es un ajedrez en que los radicales llevan las blancas y los peronistas las negras; es la herramienta básica para erosionar los pilares de una sociedad chocantemente injusta.

Si el peronismo lleva “las negras” debe ser por algo más interesante que un sorteo o una asignación convencional de roles. ¿Tiene sentido hacer política para que un día Jaroslasky y Manzano intercambien asientos y el resto siga igual? Quien lleva las negras debe asumir un compromiso: el de conseguir mejor vida y más poder para los que no comen o tienen séptimo grado; también el de lograr que coman y puedan entrar en el secundario.[4]

La actividad política tiene sentido si incluye recusación y combate a los auténticos dueños del poder; del prestigio y de los bienes materiales que ciertamente no son los miembros de la “bancada radical”. La parlamentarización de la política aísla de los verdaderos debates, aliena del combate contra los verdaderos poderosos. El número (que hoy esgrimen los radicales) no es la principal fuente de poder en la Argentina. Hay fuerzas oscuras y minoritarias que no necesitan representación parlamentaria ni aparatos partidarios para regir buena parte de nuestras vidas.[5] Piense el lector en la “marcha de la familia”: El Famus de 50.000 personas dejó sin respuesta seria a radicales y peronistas y reveló que  entre ambos no contiene ni por asomo a nuestras mayores tragedias. Mucho poder queda afuera.

La especialización propende a crear un espacio asocial y ahistórico. Viedma en 1989 será un lugar interesante para almorzar (habrá grandes periodistas, políticos, dirigentes) pero sustancialmente artificial. El Diario de Debates es ilustrativo pero no cifra nuestra historia.

El peronismo debiera confrontar con los de “arriba”; por ahora juega torpemente a ser “oposición”. Criticar todo lo que el gobierno hace u omite es fácil y mediocre; una postura economicista o eficientista que no da cuenta de las corrupciones y vicios de la sociedad argentina ni de los conflictos que la erizan. Avalar todas las demandas (las de obreros y empresarios, consumidores y vendedores: CGT y UIA) es poco serio y –para colmo- no genera adhesiones. El “público” intuye que la discusión no es tal, que el que hoy pide lo hace llegar mañana al gobierno y poder negar. Los conflictos no se solucionan dándole todo a todos; se resuelven por correlación de fuerzas.

Tomar partido, asumir la complejidad y conflictividad de lo real son tareas que exigen mayor audacia que ponerse por sistema del lado del que critica al gobierno (así sean las FF.AA. o la Soc. Rural). Una postura de esa naturaleza diferenciaría al peronismo de un alfonsinismo cada vez más sumiso ante los poderes fácticos y lo convertiría en el lugar común de todos los excluidos del festín (que cada vez son más). Se recuperaría así la mejor tradición peronista que no fue la de producir mucho o exportar más sino la de contener a casi todos los sumergidos y casi todos los rebeldes. El peronismo de hoy se conforma a veces con disputar al PI el rol de “partido anti deuda” o de exigir para sí el de “partido de la productividad”. El economicismo vacío de valores aburre y no convence; no basta con repudiar la deuda; si el FMI la condonara la nuestra seguiría siendo una sociedad indigna, con desigualdades chocantes, valores perversos, amante de los prestigios consagrados por clases dominantes rapaces y frívolas como pocas. Una sociedad consumista, individualista y antisolidaria.

No habrá revolución que acabe con el capitalismo salvaje… pero puede haber hombres nuevos que lo erosionen poniendo en entredicho sus valores fundamentales. Cuestionar los valores y poderes de la sociedad equivale a transgredir las reglas de la especialización política. Es tarea de todos los hombres, en especial intelectuales y políticos: la imaginación confrontando con el poder.

¿Es mucho pedir a dirigentes y militantes que dejen por un rato a Jaroslasky (en el fondo un politiquero cómico que podría ser peronista) y enfrenten a los dueños del poder? ¿Es mucho pedir que asuman cuán difícil es la concertación en una comunidad que no la conoce, cuyos empresarios sólo saben medrar y explotar, en vez de decir “si nos dejan media hora con Favelevic acordamos todo”? ¿Es mucho pedir que no engalanen las fiestas de Amalita o –mejor- que censuren y busquen recortar el consumo ostentoso y ofensivo de nuestras clases altas?[6] ¿Es mucho pedir que señalen al nefasto establishment periodístico en vez de rendirle pleitesía? ¿Es mucho pedir que, para variar, llamen asesinos a los asesinos, explotadores a los explotadores y alcahuetes a los alcahuetes y consecuentemente les dispensen el trato que corresponde a su condición? Debe serlo porque no se intenta.

No es riguroso llamar revolucionario a un nuevo humanismo no violento y transgresor pero en todo caso es algo que vale la pena hacerse. Nos reconciliará con la pasión y dignidad con que antaño perseguimos la revolución.

¿Mística del fracaso?

Se dirá: infantilismo ni siquiera revolucionario. Mística del fracaso. Receta para perder. Habrá que contestar ¿qué es ganar? La respuesta variará según cada actor aunque seguramente es más fácil que venzan quienes solamente aspiran a “ocupar espacios”. Siempre hay victorias posibles para los López Rega, los Triacca, los Nosiglias, más allá de sensibles diferencias metodológicas y menos apreciables hiatos ideológicos.

Para quienes demandan sentido a la política, el camino es más arduo. Algún consuelo: las convocatorias éticas son más perdurables que las sociedades comerciales. Cuestionar el maquiavelismo es buena forma de proselitismo. Nada más descorazonador y menos perdurable que el maquiavelismo fracasado. El oportunismo no deja recuerdo ni semilla, sólo se santifica con el éxito.

Ejemplo extremo y quizá chicanero (pero, bueno, por una vez): Bittel llegó a ser candidato a Vicepresidente, Evita no. ¿Quién ganó? El fracaso de Evita recicló en ejemplo para muchísimos peronistas. La victoria de Bittel (así hubiera llegado a ser electo) no dice nada.

La resistencia peronista, medida con criterio eficientista, fue una larga secuencia de chapucerías… pero dejó simiente.

¿Qué decir del levantamiento de Valle que ni estalló y que estaba infiltrado por todos lados? Fracaso que fue ejemplo para una generación e inspiración para Marechal.

La misma generación amó y emuló a dos derrotados, perdidos en la montaña: Camilo Torres no llegó a concejal; Guevara prefirió la sierra a un ministerio. Ambos dejaron más discípulos que Luder o Spadone.

Consignas

Guárdeme  Dios de promover un hipismo trasnochado. El aislamiento facilita una falsa pureza. La cuestión es bien otra: participar sin contaminarse. Insuflar sustantividad a un sistema político que hoy no la tiene pero que no la excluye por definición.

Encontrar un lenguaje que no ahuyente y que a la vez cuestione.

Operar en los márgenes permitidos por una sociedad injusta pero (al menos por ahora) no represiva.

Tomar nota del poder de los medios, de las sectas intelectuales y de los aparatos políticos para recusar su lógica y no para realimentarla.[7]

Combatir la división del saber que lo es también del poder.

Construir consenso en la sociedad, hablando de lo que le itneresa a la gente.

Ampliar los horizontes y los debates de una comunidad adormecida y atemorizada por años.

Transgredir el juego político parlamentario, incorporando al debate lo que suele escamotearse: la profecía de una sociedad distinta, de un hombre nuevo.

Cuestionar la ética y la estética de Neustadt, Constancio Vigil y Magdalena.

Poner en entredicho los pilares del capitalismo explotador que ha generado (o alquilado) espacio para los prestigios y los honores.

Refutar los mensajes –sabios o profanos- que agobian al hombre común.

Juan Carlos Vimo